Como todos los sábados, desde que mi vida se divide entre trabajo fuera de casa y trabajo dentro de casa, y por no perder la costumbre, he ido a la compra. Cuando me ha llegado el turno de pagar, una señora de unos sesentaitantos estaba hablando con la cajera del establecimiento -una mujer joven y guapa de 28 años en canal- de no sé qué que inmediatamente ha ligado con la suerte del matrimonio: Esto es como el matrimonio -ha dicho la señora- que nunca sabes lo qué te va a tocar hasta que no te metes de cabeza. Lo cierto es que parecía bastante decepcionada de la suerte que a ella le había tocado.
Después ha llegado mi turno, y la cajera joven y guapa de 28 años, con toda la convicción de la que es capaz me dice: De verdad que es que hay mujeres que no saben, lo más importante es saber ser una señora en la calle y una puta en la cama, para que tu hombre no busque fuera lo que ya tiene en casa. Supongo que mi cara ante semejante comentario no podía esconder una expresión entre la confusión y la frustración.
Y es que parece mentira que después de más de un siglo de luchas y de reivindicaciones para conseguir la liberación de las mujeres y su igualdad social y política, al final estemos con las mismas de siempre. Si un hombre es infiel al conpromiso de vida que ha adquirido con una mujer es porque esa mujer no le da lo que él quiere y, por tanto, se justifica absolutamente que lo busque "fuera de casa", porque es un hombre y tiene sus necesidades, pobrecito.
Creo que es del todo esperpéntico. ¿Qué pensaríamos si una mujer dijera, "bueno, como yo no tengo en casa lo que quiero no tengo más remedio que salir 'fuera' a buscarlo"? ¿Lo justificaríamos de la misma manera? Porque esas cosas pasan, o pueden pasar. ¿Existe alguna "leyenda" que afirme que los hombres deberían ser "señores en la calle y 'gigolos' en la cama o de lo contrario sus relaciones están en peligro? ¿O es que ya se les supone, por el mero hecho de ser hombres, dicha "habilidad"? ¡Hay que ver que injusta es la vida!
Sara es una niña que tiene sólo cinco años. Pertenece a una familia musulmana que vive en Catalunya y que, casi con total seguridad, se relaciona únicamente con otras familias musulmanas, supongo que con el deseo (como ya lo hicieran en un pasado muy próximo los emigrantes españoles) de no perder sus raíces, su cultura, sus costumbres, su forma de comer, su religión, y también, como no, su comprensión del cuerpo de las mujeres.
La niña Sara, de sólo cinco años, es alumna de la escuela en la que en este momento estoy haciendo una substitución y he tenido el gran placer de conocerla un poco pues la tengo conmigo, junto con otros niños y niñas de la misma edad, al menos durante cinco horas al día, cinco días a la semana.
Hoy nos tocaba ir a la piscina, una actividad programada en el entorno de una materia curricular que denominamos "Descubrimiento de uno mismo". Sin duda, el contacto con el agua y las diferentes posibilidades de experiencias corporales que éste supone proporciona a los niños y niñas una gran oportunidad de conocimiento de sus propios cuerpos y de los de sus compañeros y compañeras. Cuando Sara se ha quitado la ropa he observado que, además del bañador reglamentario, debajo de éste llevaba unos pantaloncitos que le cubrían las piernas hasta las rodillas, y no he podido evitar evocar una experiencia personal no sin ciertas coincidencias.
Mi hija tenía nueve años y queríamos enviarla a un campamento cristiano de verano. Solicitamos información de diferentes lugares en los que se llevaban a cabo este tipo de eventos y cual fue nuestra sorpresa cuando en uno de los folletos informativos que recibimos, de un afamado centro de nuestro país, era requisito indispensable que LAS NIÑAS llevaran un bañador de una sola pieza con falda incorporada. Para LOS NIÑOS no había requisito alguno en este sentido. Por supuesto, mi hija nunca fue a ese campamento.
¿A qué responde este afán de esconder el cuerpo de las niñas? ¿Como experimentarán esas niñas, cuando se hagan mujeres, un cuerpo que han tenido que esconder sin entender muy bien por qué? ¿Qué extraño privilegio se les ha concedido a los niños, que después serán hombres, que les permite disfrutar y experimentar su cuerpo sin cortapisas? Porque, no nos engañemos, no es lo mismo disfrutar del agua, por seguir con el ejemplo de la piscina, con un estricto "calzoncillito" que con un bañador que incorpora pantalones o falda.
¿Qué tiene de malo el cuerpo de las niñas o de las mujeres que deba esconderse? ¿No será que lo malo no es nuestro cuerpo, sino una forma determinada de mirarlo, de interpretarlo, de vivirlo, que lo convierte en algo inquietante, perturbador y hasta peligroso?
Mientras haya niñas en este mundo a las que se eduque desde su más tierna infancia en la práctica de tapar su cuerpo como si de algo vergonzoso se tratara, la relación de las mujeres, que serán más tarde, con ese cuerpo no será, ni mucho menos, saludable, y esto puede acarrerar muchos y graves problemas para ellas y para su entorno.